EL CAMINO DE LA CRUZ EN EL EVANGELIO DE MARCOS

 JOSÉ LUIS AVENDAÑO, Chile
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7.    (II. EL CAMINO DE LA CRUZ)   Consideraciones finales

Por último, si todo seguimiento cristiano más allá de las épocas y de las coyunturas históricas en que éste se circunscriba y manifieste, es, básica y fundamentalmente, seguimiento de Jesús, seguimiento del Crucificado que es también el Resucitado, quisiéramos, finalmente, por tanto, concluir este último capítulo, presentando algunas líneas elementales respecto al cómo creemos debe ser comprendido y ponderado el propio camino de Jesús en el marco del evangelio. Subrayamos aquello de “en el marco del evangelio de Marcos” (y también de los evangelios), tema concreto, por lo demás, de nuestra investigación, pues de no situar el camino de Jesús en este referente histórico del anuncio del reino de Dios testimoniado por el evangelio (y los evangelios), el camino de Jesús quedaría peligrosamente reducido a un lúgubre trayecto, si no suicida trayecto, de quien ha despreciado indolentemente a la vida situándola en el marco de un dualismo pesimista[85], y viendo luego en el sufrimiento un destino inexorable, el cual alzado desproporcionada tanto como descontextualizadamente de todo el cuadro que el propio evangelio ofrece tocante al mensaje y a la persona de Jesús, daría en cierto modo razón suficiente para referirnos a Jesús como de un verdadero alter ego de Liov Mishkin, el príncipe del Idiota de Fedor Dostoievski, y de su llamado al camino del seguimiento como de un manifiesto encomio del dolor y del sufrimiento como fines loables en sí mismos, a los que al discípulo se le ha invitado contemplar y no menos alcanzar. Todo lo contrario, Jesús mismo no ha querido que su camino de cruz sea comprendido como historia de la pasión sólo a causa de ese sufrimiento, como tampoco que en aquella contemplación estribe el sentido último de su historia. Debe ser derribada, entonces, aquella idea por muy piadosa que parezca, de que el seguimiento del Crucificado resulta finalmente en una imitatione Christi[86] para el cristiano mediante aquella contemplación de los sufrimientos de su Maestro y la integración en carne propia de la pasión y cruz de Cristo, desconociendo el carácter único e irrepetible de éstas, ideal al que por lo demás tan sólo ciertos individuos suficientemente capacitados en el ejercicio de la contemplación y la piedad podrían llegar a alcanzar, cuánto más cuanto que en el evangelio el llamado es a “cargar con nuestra cruz”, “con la impuesta a cada uno” (DVJT JÎ< FJ"LDÎ<) *) en la particular contingencia de nuestra  propia  vida, y no a “tomar sobre sí la cruz única e irrepetible de Cristo”, de modo de creer convertirse uno mismo en Cristo, pues: “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor” (Mt 10, 24).

*) Los caracteres griegos son: WP Greek Century. Los de hebreo son: WP Hebrew David - de esta página web: http://members.fortunecity.es/todofuentes1/index/descarga/simbolos/lenguas.htm .

Entendida correctamente la cruz (y así nos ha parecido comprenderla en el marco de nuestra investigación sobre el segundo evangelio), ésta viene a ser, por tanto, el distintivo que identifica públicamente al discípulo como consecuencia inevitable de tomar posición definitiva por Jesús frente al mundo y, renunciar por consiguiente, a sus propios derroteros de redención, y no el sufrimiento arbitrariamente procurado por medio del cual el seguimiento se haga válido y se autojustifique a sí mismo, exhibido, luego, como camino de autorredención. En otras palabras, el sufrimiento no aparece nunca en el mensaje de Jesús, sacralizado y exhibido como guía y modelo de un genuino seguimiento, todo lo contrario, éste siempre aparece en un sentido claramente transitivo: es el sufrimiento por “causa del reino”, o lo que es lo mismo: “por causa de Jesús y su evangelio”. El efecto último e inequívoco al que compromete la cruz,  no es  por tanto, a un estado de contemplación ni imitación de Cristo en virtud de sus padecimientos, ni a una actitud quietista ante el desafío de la vida, sino decisión definitiva por la causa del evangelio en la contingencia particular de nuestra historia, es decir; seguimiento, no contemplación ni imitación del Crucificado.

Ahora bien, no cabe duda de que el camino de Jesús ha sido el camino de cruz, mas, ciertamente, no como itinerario previamente deseado y propendido, sino como resultante de una postura concreta de vida, de quien en su compromiso sin restricción alguna por aquella proclamación del evangelio del reino, ha puesto al servicio de esta causa y misión toda su existencia, aun prefiriéndola a su propia vida cuando las estructuras de esclavitud, opresión y dominación tanto políticas como religiosas se han opuesto tenazmente a la consecución de esta esperanza de liberación: “Porque quien desee salvar su vida la perderá, y quien pierda su vida por causa de mí y del evangelio la salvarᔠ(Mc 8, 35). En virtud de aquello, el camino de Jesús en el evangelio de Marcos se recrea no únicamente con la figura de la cruz y el destino de un sufrimiento inevitable para el discípulo, sino que se configura también por medio de todas aquellas imágenes de esperanza, gozo y liberación. Es el gozo, según la ilustración de los evangelios, que experimenta el agricultor porque las pocas semillas que ha sembrado y éstas en medio de tantos obstáculos y dificultades, han resultado, finalmente, en la más abundante de las cosechas (Mc 4, 1-20); del pastor que teniendo cien ovejas deja las noventa y nueve para ir en busca de la descarriada y no ceja hasta que por fin la encuentra (Mt 18, 12ss par); del padre de familia quien habiendo dado a su hijo ya por perdido y muerto un buen día le ve retornar a casa arrepentido (Lc 15, 11); del hombre que ha encontrado un tesoro único y vende todo cuanto posee a fin de adquirir el sitio en donde éste se encuentra (Mt 13, 44); del mercader de perlas que habiendo encontrado la más preciosa, al igual que el anterior, se desprende de todas sus posesiones para poder comprarla (Mt 10, 45s). Tan sólo en atención de lo anterior, el camino del seguimiento, el camino de la cruz, el camino de Jesús, ha podido constituirse en una gran fuerza de esperanza y resistencia, no sólo para la comunidad del evangelista, sino para las comunidades cristianas de todas las épocas y tiempos.

 

[85]En este punto tiene plenamente la razón Bultmann al señalar que en Jesús: “el mundo terreno no es menospreciado en el sentido de un pesimismo dualista. ....lo malo en el mundo es la voluntad mala de los hombres. Y en forma correspondiente, el más allá representado por el reino de Dios no es concebido como cualidad metafísica general, como naturaleza superior, más elevada, más espiritual, en oposición a la naturaleza terrena.... Así, como este mundo es considerado como una creación de Dios, también el mundo venidero será una creación suya”. Jesús, Sur, Buenos Aires, 1968, 40 y 41.

[86]Sobre este sentido de imitación ya había presentado su discrepancia, aun cuando desde una lectura distinta de la nuestra Unamuno cuando en su Sentimiento trágico de la vida, escribía: “Que no nos dijo el Cristo: ‘Toma mi cruz y sígueme’, sino ‘Toma tu cruz y sígueme’; cada uno la suya, que la del salvador él solo la lleva. Y no consiste, por tanto, la imitación de Cristo en aquel ideal monástico que resplandece en el libro que lleva el nombre vulgar del Kempis, ideal sólo aplicable a un muy limitado número de personas, y, por lo tanto, anticristiano, sino que imitar a Cristo es tomar cada uno su cruz, la cruz de su propio oficio civil, como Cristo tomó la suya, la de su oficio, civil también a la par que religioso, y abrazarse a ella y llevarla, puesta la vista en Dios y tendiendo a hacer una verdadera oración de los actos propios de ese oficio”. Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, Alianza Editorial, Madrid, 1986, 253.